jueves, 20 de diciembre de 2012

La Asociación General no debería votar sobre la ordenación de las mujeres


Por Sakae Kubo


Publicado también en Café Hispano (Spectrum)



Traducción de Luis González del original en inglés publicado en Spectrum. Se han añadido epígrafes y algunos destacados en negrita.



Cuando escribí mi último artículo sugiriendo cómo debería abordar la Asociación General (AG) la cuestión de la ordenación de las mujeres, tuve la incómoda sensación de que mis recomendaciones no fueron la mejor manera de enfocar el problema. La verdadera cuestión es si tal asunto debe ser decidido por la AG, para todo el mundo. Después de reflexionarlo, he llegado a la conclusión de que asuntos como este no deben ser una prerrogativa de la AG porque pertenecen al ámbito de las Uniones y Asociaciones. A continuación trataré de explicar las razones de tal afirmación:




viernes, 23 de noviembre de 2012

Dialogando con la ética secular



Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
Publicado también en Café Hispano (Spectrum)

¿Te crees mejor que yo? Por un diálogo abierto con la ética secular es el título de un libro escrito por Herminio Díaz con la colaboración de Luis González.

Herminio Díaz falleció de cáncer el 1º de agosto de 2012, a los 67 años de edad; pero antes pudo tener la satisfacción de sostener en sus manos un ejemplar de esta obrita de 145 páginas en la que –a modo de testamento espiritual– quiso ofrecer a los lectores algunas de sus ideas, fruto de sus estudios, vivencias y reflexiones.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Voces por la transparencia en la iglesia



Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
Publicado también en Café Hispano (Spectrum)

En mi artículo Es necesaria una mayor transparencia en la administración de la iglesia recogí declaraciones de los máximos dirigentes mundiales de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en las que se realizaba una autocrítica hacia algunos de los vicios administrativos de nuestra iglesia y se instaba a fomentar la transparencia en nuestra estructura institucional. Desde entonces nuevas voces se han unido a esta exigencia.

viernes, 31 de agosto de 2012

Después de la XIX Asamblea de la UAE

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)

Publicado también en Café Hispano (Spectrum)

Entre el 4 y el 8 de abril se celebró la XIX Asamblea de la Unión Adventista Española (UAE). Trescientos cincuenta y siete delegados se reunieron en el Colegio Timón de Madrid para tomar decisiones trascendentales sobre la marcha de la iglesia en nuestro país. Según los estatutos, el 60% son delegados de las iglesias y el 40% son ex officio (miembros de la Asociación General y de la División Euroafricana, miembros del Consejo de la UAE y directores de los departamentos y administradores de las instituciones, así como pastores, colportores, educadores y obreros elegidos por sus colegas). En esta ocasión el 73% de los delegados eran hombres y el 27% mujeres (a modo de comparación, hay que señalar que la feligresía española está compuesta por aproximadamente un 75% de mujeres).

viernes, 20 de julio de 2012

¿Qué está ocurriendo entre bambalinas? Un ejercicio eclesial de transparencia y honestidad


Por Ignacio Simal
Tomado del blog Pastor Dadaísta
Publicado también en Café Hispano (Spectrum)

Nos hacemos eco de este magnífico artículo del pastor evangélico Ignacio Simal sobre el tema de la transparencia en la iglesia. Se añaden destacados en negrita. Acerca del mismo asunto se pueden consultar los siguientes textos de A la Puerta: Entre vosotros no será así, Carta abierta a un dirigente adventista, Ante la próxima Asamblea de la Unión Adventista Española y Es necesaria una mayor transparencia en la administración de la iglesia.

*****

Es una preocupación que se pierde en la noche de los tiempos de mi biografía personal. Una preocupación que en los últimos meses ha vuelto a hacerse palpable de una forma inusitada en el ejercicio de mi labor pastoral. Conversaciones con amigos y la lectura de algunos textos han logrado que mi preocupación se torne en ocupación a “full time”.

Sobre “Madre nuestra que estás en los cielos”


Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
Publicado también en Café Hispano (Spectrum)

La lectura del artículo Madre nuestra que estás en los cielos de mi buen amigo Juan Ramón Junqueras me suscitó una serie de reflexiones que en principio iba a insertar como comentario, y que finalmente he plasmado en este post a modo de carta abierta que extiendo a los lectores de Café Hispano.

Querido amigo y hermano Juan Ramón:

Me parece muy inspirador y positivo el que entiendo es el tema de fondo del artículo: el amor incondicional de Dios. Para mí eso es grandioso, y agradezco que lo prediques con tanto entusiasmo. Nunca será suficiente el énfasis en el que es el asunto fundamental del plan de salvación: la entrega total del Señor. Ahora bien, no quiero dejar de señalar algunos aspectos de tu forma de exponerlo que encuentro cuestionables.

jueves, 17 de mayo de 2012

¿Adventistas en el movimiento 15-M?


Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
Publicado también en Café Hispano (Spectrum)

Hace un año, una semana antes de las elecciones municipales del 22 de mayo, diversos movimientos sociales confluyeron en numerosas ciudades de España, manifestándose en concentraciones masivas. Algunas de ellas se convirtieron en acampadas urbanas y, ante todo, en asambleas permanentes y abiertas a toda la ciudadanía. Había nacido el movimiento 15-M. Café Hispano se hizo eco del fenómeno en dos artículos de Rubén Sánchez (1 y 2), en los que se invitaba a  pensar en la relación entre este movimiento por la dignidad y el compromiso de los adventistas con los problemas de nuestra sociedad. Más adelante Sarai de la Fuente y José Manuel López Yuste compartían sus reflexiones sobre el asunto. (Recomiendo también la lectura de los siguientes artículos de autores evangélicos publicados en Protestante Digital: Indignados: terminar la transición, No podemos quedarnos de brazos cruzados y callar, Kilómetro Cero sigue con su predicación en Madrid en medio del 15M y Jesús, el primer indignado.)

domingo, 25 de marzo de 2012

Abierto por “reformas”

Por Daniel Bosqued
http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/
Publicado previamente en la Revista Adventista española, marzo de 2012

Uno de los principios de la Reforma protestante quedó fraguado en la expresión “Ecclesia semper reformanda est”, que significaba que la iglesia siempre debía estar reformándose. Esta máxima, que apareció por primera vez en el siglo XVII, recogía el germen del movimiento y trataba de impedir que –con el tiempo– el protestantismo también quedara estancado en los mismos errores de la iglesia tradicional. Idealmente, este principio de reforma constante debía transmitir un espíritu de mejora permanente y de aplicación contextualizada de los principios bíblicos a las diferentes realidades con las que la iglesia tuviera que convivir.


sábado, 24 de marzo de 2012

Cómo mantenerse frío en reuniones calientes

Hay maneras correctas e incorrectas de afrontar las fricciones en los consejos de iglesia
Por Robin Erwin
http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/

Ésta es la traducción de
un artículo publicado en la Adventist Review el 8 de marzo de 2012. Destaco sobre él tres aspectos:

1. Contribuye a aclarar el concepto de “política”, a veces tan mal entendido en nuestro medio: la política, “en un sentido amplio, son todos los mecanismos de funcionamiento y normas de que se dota una institución” (ver
Política eclesiástica), y por tanto es inevitable en la iglesia, y no es pecaminosa. En cambio hay ocasiones en las que, con la excusa de evitar esa necesaria política, se incurre en el politiqueo.

domingo, 18 de marzo de 2012

Bases para una reforma administrativa, ética y espiritual en la Unión Adventista Española

Propuestas-programa de cara a la XIX Asamblea de la UAE

Por Luis González
http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/

En circunstancias tan especiales como las que estamos viviendo, en la sociedad en general y en la iglesia en particular, se hace necesario poner las bases para que el Señor pueda utilizar los canales de arcilla que somos los seres humanos. Sólo desde la honestidad, desde la fe, desde una ética que emana de las Escrituras, podemos afrontar el futuro con esperanza. Desde esta base sólida hay que actuar con inteligencia. Esta es la invitación que nos hace Pablo: «Conociendo el tiempo […]. La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz. Andemos como de día, honestamente» (Rom. 13: 11, 12).

miércoles, 14 de marzo de 2012

Son jefes, no líderes

Tomado de En las Catacumbas (http://catacumbas10.wordpress.com/)http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/

Tomo del blog
En las Catacumbas este interesante post, que entiendo nos invita a meditar a todos pues, como señalaba Michael Pearson en un texto que recogimos en su día, cada uno de nosotros normalmente ejerce algún tipo de poder sobre los demás, aunque sea mínimo. En tales circunstancias, ¿nuestra actuación se aproxima más a la del jefe o a la del líder?

Hace unos años que en nuestro medio se trata con frecuencia el asunto del liderazgo en relación con los distintos ministerios ejercidos en la iglesia (incluso se imparten cursos sobre el tema); pero, hasta donde conozco la cuestión, normalmente se hace sin llegar analizar en profundidad lo que ser líder implica (y, sobre todo, lo que
no implica) desde el punto de vista bíblico. He aquí una breve reflexión que puede ser útil para tal fin. Jonás Berea



*****


El líder nace. El jefe es nombrado o llega a serlo trepando.

El jefe pretende imponer su autoridad, ignorando que ésta no se impone sino que emana de quien la tiene. Reclama confianza, siendo que ésta es algo que hay que ganarse mediante una praxis coherente con el discurso.

viernes, 17 de febrero de 2012

Asambleas de la Unión Adventista Española: aprender de la historia

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/
Publicado también en Café Hispano (Spectrum)

Aunque sólo he asistido (no como delegado) a dos asambleas de la UAE, durante años he tenido ocasión de conversar con hermanos que han participado en ellas. Siempre es instructivo conocer el funcionamiento institucional de nuestra iglesia, especialmente en el momento en el que se concentra la participación de todas las iglesias. Al igual que ocurre con otros aspectos de nuestra organización, gran parte de ese conocimiento circula de forma oral, pero pocas veces se plasma por escrito. Considerando la utilidad de registrar al menos parte de él, me he puesto en contacto con miembros comprometidos con la iglesia que han sido delegados en alguna ocasión, a fin de recoger experiencias que nos sirvan de enseñanza de cara a la inminente Asamblea de este año.

Tras compilar en un borrador varios testimonios escritos y orales, lo mandé a quienes habían participado con sus testimonios y a varias personas más, a fin de que todos pudieran corregir, matizar o confirmar lo expuesto. Con esas nuevas aportaciones he dado forma final al artículo. La mayor parte de las experiencias recogidas, especialmente las más relevantes, están atestiguadas por más de un informante. Agradezco, en mi nombre y en el de los lectores, la colaboración de estos hermanos y hermanas, unos doce en total, entre los cuales se encuentran pastores y obreros. La mayoría, además, no se ha limitado a compartir experiencias, sino que ha formulado propuestas de mejora.

El objetivo, por supuesto, no es señalar a personas concretas, ni para encomiarlas ni para reprenderlas, sino construir iglesia (por ello, y por la discreción que exige la publicación en Internet, no se mencionan nombres). La idea es aprender de la historia, siguiendo el modelo de las crónicas bíblicas, que por un lado animan con los ejemplos de fidelidad, y por otro estimulan al cambio y la reforma permanentes, advirtiendo sobre los peligros de actuar incorrectamente. Conocer los errores contribuye a evitar que vuelvan a ocurrir; conocer las experiencias positivas fomenta las buenas prácticas. Lo que a la luz de la Escritura resulta absurdo y engañoso es pensar que el funcionamiento institucional de la iglesia es siempre ideal. El Nuevo Testamento abunda en historias de errores humanos, de diferencias de enfoque y de resolución de conflictos que nos instan a progresar como pueblo de Dios.

Las valoraciones sobre el funcionamiento de la Asamblea son diversas, incluso hay algunas enfrentadas entre sí, pero en general hay coincidencia en los puntos clave. Una persona con amplia experiencia comenta que todo suele transcurrir dentro de la más absoluta normalidad, exceptuando ciertas actitudes inapropiadas. Pero los demás han destacado deficiencias que, según ellos, convendría subsanar. Hay quien señala que el problema no está en el sistema, que es bueno, sino en las personas, que somos falibles; pero como también podemos mejorar, sin duda el autoanálisis será útil a tal fin.

Es importante que se reflexione sobre estas cuestiones antes de la Asamblea, compartiendo ideas y experiencias. Por ello, sugiero: 1. Difundir este artículo, especialmente entre los que acudirán como delegados, a fin de que contribuya a la formación de una opinión personal argumentada. 2. Participar mediante comentarios. 3. Siendo que este escrito, por supuesto, es incompleto y parcial, elaborar otros documentos de este estilo, con experiencias y opiniones que contribuyan a hacer iglesia entre todos.


Los tiempos

Una de las experiencias más frustrantes en la actividad de una Asamblea está relacionada con los tiempos. Por un lado hay muchas decisiones que tomar en pocos días de trabajo; por otro, se consagra demasiado tiempo a cuestiones que deberían exponerse brevemente.

Hay procesos que resultan excesivamente lentos y faltos de operatividad debido a la falta de formación de muchos hermanos en cuanto a la mecánica de los debates. Los delegados, tanto en las comisiones como en el plenario, deberían estar muy atentos a los razonamientos expuestos, a fin de ceñirse a los puntos de agenda y de no repetir argumentos que ya se hayan planteado. Para ello parece necesaria una gestión hábil de los tiempos por parte del moderador.

La lentitud del proceso hace que conforme van pasando los días se incremente la presión para conseguir concretar, al menos, el equipo de la Unión; los delegados se ven urgidos a votar con precipitación, de modo que se toman decisiones que afectan a los próximos cinco años sin apenas reflexionar o debatir, como la aprobación de los Estatutos o la votación de los departamentales. Fruto de estas prisas es el que se vote la elección de éstos en bloque, cuando lo correcto sería que se votaran uno por uno.

La presión del tiempo también genera otros inconvenientes: en la Comisión Preparatoria (CP) de la última asamblea, al votarse los candidatos por zonas geográficas, cada grupo ignoraba lo que estaban decidiendo los otros, de modo que se aprobó una Comisión de Nombramientos en la que había dos casos de personas con parentesco muy cercano (y en uno de los casos, parientes de uno de los implicados en recientes problemas legales de una institución, que se iban a tratar en la Asamblea). Como la hora en que se votó era muy avanzada, la CP no fue consciente de estas circunstancias.

A veces los últimos puntos de agenda son los más complicados. Por ejemplo, en la penúltima asamblea se planteó el punto de ampliar las legislaturas de cuatro a cinco años (propuesta que había sido sistemáticamente rechazada por los delegados en varias asambleas anteriores); se ejerció una gran presión sobre los delegados para que votaran sin las deliberaciones pertinentes, antes de que se pusiera el sol y comenzara el sábado (algo sorprendente, pues en las iglesias se toman muchas decisiones administrativas en tiempo sabático, a veces con presencia de los administradores de la Unión, entendiendo que son los asuntos del Señor); como resultado de ello se hizo una votación muy confusa, sin aclarar bien lo que se votaba, y finalmente muchos delegados se dieron cuenta de que habían votado lo contrario de lo que deseaban.

Por todo ello, parece necesario alargar el tiempo de la Asamblea. Respecto a este punto, hay quienes evocan con cierta nostalgia aquella época en la que la Asamblea era una ocasión de encuentro e intercambio entre hermanos y amigos. Otros, por el contrario, opinan que, siendo tan importante la toma de decisiones en un momento único en que toda la iglesia está representada, debería predominar lo administrativo, reduciéndose al mínimo los aspectos devocionales y de encuentro. Hay quien sugiere que la Asamblea dure nueve días, de modo que hubiera tiempo para el encuentro espiritual, la fraternización, la preparación de los delegados y la toma de decisiones.

En cualquier caso, puede ser positivo volver a celebrarla en verano, cuando se dispone de más tiempo. Algunos proponen las instalaciones de Sagunto, donde se puede recurrir al hospedaje sin apenas costo; o, como se hacía en otros tiempos, cualquier otro lugar donde pudiese albergarse a muchas personas, de modo que los no delegados pudieran asistir (pagándose los gastos) para participar del encuentro. De esta manera más hermanos podrían familiarizarse con el mecanismo de una asamblea y recibir esa formación por si en el futuro son nombrados delegados.


El Consejo de la Unión concluye la toma de decisiones

La falta de tiempo para completar las decisiones que deberían tomarse en la Asamblea implica que, de forma cada vez más frecuente, sea el Consejo de la Unión (CU) quien asuma esa responsabilidad tras constituirse después de la Asamblea (y una vez allí, hay acuerdos que en ocasiones se resuelven también rápidamente, sin la reflexión necesaria). Tal proceder vulnera, quizá no los Estatutos, pero sí el espíritu de la Asamblea y su principio de decisiones en representatividad.

También se ha dado el caso de que durante la Asamblea la Comisión de Nombramientos rechazara otorgar un importante cargo a cierta persona, a pesar de que venía avalada por quien abandonaba ese puesto. Pero una dimisión producida pocas semanas después de la Asamblea dejó vacante ese cargo y el CU, contrariamente a lo decidido por los delegados, eligió finalmente a esta persona.

Por todo ello, es necesario que se marque el objetivo ineludible de tomar todas las decisiones, especialmente las más importantes, en la Asamblea. Una vuelta a periodos de cuatro años (incluso de tres, como sugieren algunos hermanos) facilitaría este objetivo, pues se acumularían menos asuntos para tratar.


Los informes

Hay coincidencia en señalar que el tiempo de los informes de los departamentos es tedioso y de poca relevancia por culpa de su formato. Al mandarse por escrito a los delegados con bastante anterioridad, en la Asamblea la exposición debería ser muy breve (hay quien propone que en vídeos de siete minutos). El resto del tiempo se debiera dedicar a contestar preguntas que hayan realizado los delegados por escrito o que expongan de viva voz en el momento.


La espiritualidad y la defensa de las opiniones propias

Uno de los colaboradores de este artículo observa «que, normalmente, se confunde una actitud espiritual por una espiritualoide. Está bastante instalado el concepto de que discrepar implica cierta carencia de espiritualidad. Tal tendencia lleva a generar tensiones en las reuniones plenarias cuando, sobre todo los que trabajan en el ministerio o en las instituciones, contradicen la posición oficial de los administradores». Una anécdota ilustra la falta de madurez generalizada al respecto: en una ocasión, un delegado intervino para contradecir una propuesta de cambios estatutarios presentada por el secretario; gran parte de la Asamblea aplaudió su intervención, y al regresar a su asiento una persona le dijo: “Ya estarás contento, has tenido tu minuto de gloria”. Muchos no comprenden ni valoran la libertad de criterio y la riqueza de la discrepancia.

Por ello, se precisa una formación previa en los delegados y en los dirigentes «sobre la sabiduría y su relación con la pluralidad de opiniones. Esta formación debiera concretarse en algún escrito que todos los participantes recibieran con tiempo. A su vez, tal escrito debería incluir ejemplos de discrepancias históricas “famosas” en nuestra Iglesia, señalando el bien que hicieron en el desarrollo eclesiástico. Potenciando este concepto, los moderadores en la Asamblea debieran clarificar e insistir en que ése es el momento de expresarse, asertivamente eso sí, y de manifestar puntos de vista bien argumentados que mejoren el devenir de la Iglesia».

El fomento y desarrollo de estas habilidades comunicativas evitaría que hubiera intervenciones públicas en un espíritu y tono inapropiados, o que se dieran situaciones en las que se generara un ambiente no espiritual que en alguna ocasión obliga a parar las sesiones para orar. Los espacios devocionales podrían ser una buena ocasión para recalcar esos principios de interacción grupal, mediante la exposición de sus fundamentos bíblicos.


La falta de información y despreocupación de los delegados

Varios hermanos comentan que fueron elegidos con muy poca experiencia y conocimiento en cuestiones administrativas de la iglesia, algo que parece ser común entre los delegados. Hay quienes, al ser elegidos, se esfuerzan por formarse, pero otros llegan sin preparación y con dudas sorprendentes; y a veces los administradores, en lugar de aclarárselas, evaden la respuesta. Un participante se pregunta: «¿Cuántos delegados han estudiado el Manual de la Iglesia y los Estatutos? Su obligación moral es conocerlos.»

A ello se une a veces la despreocupación, incluso la irresponsabilidad (por ejemplo, en cierta Asamblea algunos delegados estuvieron ausentes en gran parte de las reuniones, y se dedicaban a visitar los monumentos del lugar).

En una ocasión los administradores enviaron los informes y una copia de los Estatutos y Reglamentos a todos los delegados para que éstos mandaran consideraciones y propuestas de mejora. Apenas una docena de delegados se preocupó de hacer aportaciones. Algunos delegados no sabían que podían hacerlas (aunque estaba escrito en la circular), o simplemente consideraban que no había nada que aportar, pues el tono laudatorio de los informes transmitía la sensación de que ya todo era perfecto.

A la llegada a esa Asamblea se hizo entrega de unas credenciales, algunas de las cuales mostraban las siglas “CP”. Muchos no sabían que designaban a los delegados que formaban parte de la Comisión Preparatoria (que es la que nombra los miembros de las distintas comisiones estatutarias). Como no se explicó que las iglesias más numerosas tenían derecho a dos delegados en la CP, algunos de los segundos delegados designados no acudieron a ella porque no se dieron cuenta o creyeron que se trataba de un error.

Hay ocasiones en que en las comisiones se toman las decisiones con tanta precipitación, que una vez concluida una votación alguien cae en la cuenta de que, por ejemplo, se podrían haber considerado otros criterios, con lo cual se plantea volver a votar. Esto se evitaría si se explicara previamente con detalle la mecánica del funcionamiento a los delegados; no puede dejarse el más mínimo margen a la improvisación.


La mecánica de representatividad

Uno de los asuntos más complejos, sobre el que hay variedad de opiniones, es el del funcionamiento de las comisiones, sin duda porque cada uno de los posibles sistemas de trabajo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Por ejemplo, el que en la Comisión Preparatoria los delegados se reúnan por zonas geográficas agiliza la elección de las comisiones, pero por un lado puede haber grupos regionales en los que no haya gente tan preparada como en otros, y por otro puede perderse la visión de conjunto del resultado final. De mantenerse el sistema, quizá cada grupo regional podría acudir a la puesta en común con más de un nombre para cada puesto, de modo que si se observan “incompatibilidades” (varios miembros de una misma familia…) la CP pueda evitarlo en la designación final.

Se ha criticado el planteamiento asumido en las últimas convocatorias según el cual se busca representar a las diferentes realidades étnicas en cargos administrativos. El elegir necesariamente a los responsables, no por su perfil general, sino porque sean español o rumano, hombre o mujer, adulto o joven, puede resultar excesivamente condicionante. En cualquier caso, a fin de poder elegir a las personas más adecuadas sería positivo enviar con tiempo a los delegados las propuestas de perfil de cada responsabilidad y los currículum vítae de los obreros de la Unión. En las comisiones se podría, en primer lugar, ofrecer con antelación una definición del perfil preciso para ese período, y después analizar los diferentes candidatos.


Los lobbies

Una realidad constatable es que existen grupos de “afinidad ideológica” en las Asambleas. Es un fenómeno natural, y como tal debería contemplarse, pero en lugar de ello parece que se tiende a negar, lo cual favorece que se produzcan pequeñas campañas “discretas” de promoción de candidatos en los pasillos. Es un ejemplo de cómo la obsesión por evitar “la política” degenera en la práctica del politiqueo.

Es usual que los administradores de la División y de la Unión tengan sus propuestas previamente trabajadas y planteadas; eso no es malo en sí (incluso puede entenderse que es responsable), pero choca con la idea extendida y fomentada de que es pecaminoso que los laicos hayan debatido y consensuado propuestas con anterioridad a la Asamblea. Esta disonancia culpabiliza al delegado primerizo y cauteriza al delegado experimentado.

Hay delegados que llevan años solicitando que, para evitar estas situaciones, se proponga desde la administración de la Unión que los delegados y obreros dispongan con antelación de los datos de los demás asistentes, a fin de poder ponerse en contacto unos con otros (por teléfono, por Internet o en encuentros regionales). Así, podrían analizar la realidad de la iglesia y acudir a la Asamblea con propuestas y opiniones bien fundamentadas. Tal metodología rebajaría la tendencia al lobby y generaría transparencia por parte de todos.


La delegación de la toma de decisiones en los administradores

Tradicionalmente se ha insistido mucho en la idea de que hay que confiar en la buena voluntad de los administradores; esto ha llevado a que se tienda a votar afirmativamente a las propuestas que proceden de ellos, ante el argumento de que los delegados “comunes” no tienen suficiente información para valorar determinados puntos (razones por las que se dan o se quitan las credenciales, aspectos jurídicos que sólo conocen los juristas, deliberaciones del Consejo de la Unión…).

Así, en una Asamblea, y por la premura del tiempo, se aprobaron cambios importantes en los Estatutos sin prácticamente deliberar sobre ellos, pues la mayoría de los delegados confió en el criterio del presidente de la División, que urgió a terminar rápidamente el proceso. En esa misma Asamblea se manejaron dos versiones distintas de los Estatutos (los vigentes, y la propuesta de modificación por la Comisión de Estatutos), lo cual creó confusión en los delegados a la hora de votar. Cuando los delegados señalaron este problema, se concedieron quince minutos para leer las propuestas. Un delegado preguntó si eran conscientes de que lo que estaba pidiendo no era votar unos Estatutos sino un voto de fe, a lo que el presidente de la Unión en funciones respondió que no estaría mal que así fuera.

Al tener los administradores todos los argumentos en su mano, los laicos solo “vislumbran” la realidad por sentido común; como consecuencia de ello, algunos laicos veteranos, conscientes de su inferioridad de condiciones, deciden no asistir a siguientes asambleas.


Indefensión ante objeciones

En una ocasión, una vez presentada y votada por la Asamblea la propuesta de la Comisión de Nombramientos, se presentó una objeción sobre un nombre de los propuestos, una persona laica. La comisión se reunió de nuevo para escuchar al objetante; se oyó inmediatamente después a un pastor muy relacionado con el objetante y acto seguido, casi sin deliberación (por la premura de tiempo y por la imposibilidad real de poder atacar o defender ninguno de los argumentos debido a la falta de conocimiento del caso) y, lo que es más importante, sin dar la oportunidad de defensa al objetado, se acordó admitir la objeción y realizar una nueva propuesta. Aunque este proceso ya ha sido objeto de revisión y modificación en el Reglamento, es importante ser conscientes de lo grave que puede resultar que se repitan situaciones de este tipo.


El trabajo de la los delegados resulta poco efectivo

En la Asamblea de 2007 fue muy positivo que el conjunto de los delegados pudieran debatir extensamente las propuestas en gran grupo, si bien la reunión no era plenaria porque faltaban los delegados que estaban en las distintas comisiones (algunos de los cuales son de los más preparados). Un problema es que este trabajo apenas se plasmó en votos concretos, y por tanto se quedó en mero debate. Otro problema es que alguno de los votos quedó anulado en la primera reunión del Consejo de la Unión porque contravenía las directrices de la Conferencia General. Sería conveniente que, estando presente en estas sesiones el presidente de la División, pudiera advertir de cosas como ésta para evitar trabajo en vano; y que, por supuesto, hubiera el mayor número de delegados bien formados en estos asuntos para asesorar convenientemente a la Asamblea.


Descoordinación entre la Asamblea y las comisiones

A veces hay una falta de coordinación entre la Asamblea y alguna de las comisiones. Por ejemplo, en una ocasión los delegados debatieron sobre algunos problemas de funcionamiento de un departamento, pero la Comisión de Nombramientos, que no sabía del debate que se estaba produciendo en la sala, propuso a la misma persona como departamental de esa área. Como los nombres de los departamentales se votan en bloque, volvió a ser nombrada.


Se puede mejorar

Es fundamental que la iglesia de Dios mantenga un espíritu autocrítico de análisis de sus fortalezas y sus debilidades, buscando siempre ajustarse al ideal ético de la Escritura. Aunque los colaboradores de este escrito han señalado ante todo deficiencias, si observamos la evolución de las cuestiones organizativas en las últimas décadas seguro que se pueden señalar avances. Hay aspectos en los que la mentalidad de los miembros, que inevitablemente está influida por la mentalidad de la sociedad (para bien y para mal), ha ido cambiando.

Un aspecto positivo es que en España los laicos han ido cobrando mayor protagonismo, si bien algunos creen que deberían tener más. También se ha eliminado el procedimiento de elección de los administradores votando a mano alzada (sistema que obligaba a los obreros que quisieran votar en contra a hacerlo en presencia de quien con toda probabilidad saldría elegido presidente). Y este año se ha garantizado que los obreros, a diferencia de lo que ocurrió en 2007, emitieran su voto con garantías de privacidad.

Hace muchos años una obrera solicitó en el plenario de una asamblea que se equiparara el salario de los hombres y de las mujeres que trabajaban en la obra; inmediatamente se formó una larga fila de delegados, tanto obreros como laicos, que se levantaron a objetar semejante propuesta. Escenas de ese tipo serían impensables hoy.

Unidos en Jesús, hagamos que dentro de unos años recordemos como anecdóticos los errores de hoy. Oremos y pongamos cada uno de nuestra parte para que en la inminente Asamblea de abril de 2012 el pueblo de Dios en España avance de la mano del Señor Jesús, progresando en participación y en compromiso con nuestra misión.

jonasberea@gmail.com






viernes, 20 de enero de 2012

¿Debemos permanecer en silencio?

Por Keith Burton
http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/
Publicado también en Café Hispano (Spectrum)
Traducción de Jonás Berea del original inglés en Spectrum

«Entonces también ellos le responderán diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo o en la cárcel, y no te servimos?” Entonces les responderá diciendo: “De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis”» (Mateo 25: 44-45).

En su libro Adventism and the American Republican (El adventismo y el republicano estadounidense), Douglas Morgan examina el desarrollo de un movimiento profético que entendió todas las implicaciones del término “profético”. Se veían a sí mismos insertados en el gran esquema cronológico profético tras recibir humildemente el testigo de las corrientes históricas que buscaban recuperar el cristianismo bíblico. Con rasgos de valor, este movimiento incipiente condenaba los abusos de un sistema religioso que pretendía ser representante de Dios (vicarius Dei), pero que había tragado las bebidas servidas por el camarero del infierno. Audaces representantes de esta minoría marginada incluso se atrevieron a volverse contra sus hermanas protestantes apóstatas, a las que acusaban de tirar la toalla con el fin de aferrarse a los hábitos arraigados que habían adquirido durante su cautividad espiritual.

Además de su conciencia cronológica, este movimiento asimismo entendió que un pueblo profético no sólo está llamado a meditar en su condición de remanente, sino también a agitar el statu quo. No era suficiente con imprimir folletos con elaborados gráficos y con imágenes creativamente trabajadas de bestias grotescas diseñadas para empujar a la gente hacia el reino. No era suficiente con fomentar en las masas la necesidad de reformar el vestido y la dieta para que cambiaran sus ropas constrictoras y sus dietas destructivas por vestimentas amplias y calorías saludables. No bastaba con despertar la conciencia sobre vicios sexuales privados que debilitan la sensibilidad moral de la persona y agotan sus fuerzas vitales. Este movimiento entendió que un pueblo profético estaba llamado a ser la voz de Dios en un reino cautivado por Satán. Este movimiento entendió que el remanente está llamado a pensar como Jesús pensaba, a andar como Jesús andaba, a hacer lo que Jesús hacía.

Con su conciencia reforzada, los portavoces de la Iglesia Adventista osaron afrontar asuntos impopulares con pleno conocimiento de que algunos de los suyos y muchos de fuera del “pequeño rebaño” verían sus actos públicos como activismo político. Aun así, comprometidos con el llamado a la justicia social, dominante en la Biblia, y conducidos por las demandas prácticas de una teología liberadora, la aparentemente insignificante congregación no se avergonzó de decir la verdad al poder. Mucho antes de que el doctor Martin Luther King predicara el sermón “Por qué Estados Unidos puede ir al infierno”, mucho antes de que el doctor Jeremiah Wright abriera los ojos de la nación a un aspecto central del evangelio tal y como se registra en Lucas 6; mucho antes de que el obispo Tutu instara al gobierno de Sudáfrica a que dejara marchar a su pueblo, los adventistas del séptimo día entendieron que el cristianismo genuino exigía que los que han sido llamados en el nombre de Dios no tienen otra opción que ser la voz de los sin voz y el hogar de los sin hogar.

En consonancia con el espíritu de los profetas sociales de la antigüedad, nuestros pioneros desafiaron la retorcida, opresiva y demoníaca interpretación bíblica de los ciegos teólogos estadounidenses que justificaban la esclavitud difundiendo la doctrina ponzoñosa del “mandato paulino”. Aunque les superaban en número los seudocristianos que cantaban en el coro los domingos por la mañana y linchaban negros por la noche, algunos de nuestros antepasados no sólo hablaron claramente contra los males de la esclavitud y la segregación, sino que desarrollaron sistemas para la emancipación total de aquellos para quienes el “sueño americano” era una pesadilla real. Es verdad que algunos líderes estaban paralizados por el miedo y absorbidos por una mentalidad quimérica, pero el hecho de que la voz humana con más autoridad en la iglesia se atreviera a hablar de “nuestro deber con la gente de color” es prueba positiva de que el Espíritu de profecía estaba bien vivo.

Los líderes de la iglesia no sólo cuestionaron el capitalismo salvaje que deshumanizaba a un sector enorme de la población estadounidense, sino que intentaron intervenir en la miseria rampante que aniquilaba vidas en los suburbios marginales. Tal y como informa Doug Morgan, los adventistas estaban a la vanguardia de programas urbanos que ofrecían refugio y formación a las víctimas de un sistema feudal en el que los de arriba no se preocupaban por los más humildes. Además, la iglesia asumía su rechazo de una guerra que se cobraba vidas inocentes. Entendían que ningún ciudadano del reino podía celebrar la carnicería causada por la guerra; nadie con la mente de Cristo estaría satisfecho con la explicación de que las víctimas inocentes de una agresión estadounidense deberían apuntarse al margen como “daños colaterales”.

Cuando reflexiono en las posiciones audaces adoptadas por un pueblo que entendió las implicaciones de ser un movimiento profético, me pregunto por qué mi iglesia opta por permanecer en silencio ante las muchas injusticias que confronta nuestra sociedad hoy. Me pregunto por qué elegimos desentendernos del debate nacional, sin darnos cuenta de que nunca es posible permanecer neutrales. De hecho, como dijo Desmond Tutu, “si un elefante pisa el pie de un ratón, el ratón no agradecerá tu neutralidad” (paráfrasis mía). Nuestro silencio en los momentos kairos puede resultar realmente ensordecedor.

Pero, ¿debemos permanecer en silencio? ¿Debemos permanecer en silencio cuando un pueblo xenófobo olvida que sus antepasados no tuvieron que solicitar un permiso de residencia al desplazar a los sioux y los apaches después de desembarcar en estas costas en barcos construidos en Europa? ¿Debemos permanecer en silencio cuando un pueblo irreflexivo se da cuenta de que el auténtico problema con “nuestros puestos de trabajo” no es que los extranjeros vienen a quitárnoslos, sino que los ricos ciudadanos estadounidenses que dirigen las corporaciones y recogen los dividendos los están exportando? ¿Debemos permanecer en silencio cuando un gobierno firma tratados regionales que benefician a los países del norte y dañan a los países del sur? ¿Debemos permanecer en silencio?

¿Debemos permanecer en silencio cuando el abismo entre ricos y pobres continúa ensanchándose? ¿Debemos permanecer en silencio cuando los candidatos a la presidencia que se hacen llamar cristianos se oponen a establecer impuestos justos a los estadounidenses más ricos, que son quienes más se benefician del sistema? ¿Debemos permanecer en silencio cuando un gobierno usa los fondos públicos para rescatar a las instituciones que hundieron la economía, y no hace nada para aliviar la carga de los pobres y de la clase media, aplastados bajo la carga de las deudas contraídas para consumir y estudiar? ¿Debemos permanecer en silencio?

¿Debemos permanecer en silencio cuando el precio de la atención sanitaria sigue subiendo y en consecuencia disminuye el acceso a una sanidad asequible? ¿Debemos permanecer en silencio cuando cargos electos con salarios de seis cifras pueden elegir entre una amplia variedad de proveedores de servicios sanitarios pagados con dinero público, pero no se lo piensan dos veces al votar contra una sanidad pública? ¿Debemos permanecer en silencio cuando gobernadores de estados (como el de Texas) se niegan a financiar clínicas de planificación familiar, con la excusa de que –aunque no realizan abortos– algunos consejeros podrían plantearlos como una opción? ¿Debemos permanecer en silencio?

¿Debemos permanecer en silencio cuando el espíritu de la guerra impregna el alma de la nación y las iglesias descaradamente promueven la política del gobierno, en flagrante rebeldía hacia el Príncipe de la Paz? ¿Debemos permanecer en silencio cuando la administración actual continúa las políticas destructivas de la anterior y mantiene el campo de detención de la Bahía de Guantánamo, donde hay seres humanos presos sin el debido proceso judicial? ¿Debemos permanecer en silencio sobre las más de mil instalaciones militares que Estados Unidos mantiene en suelo extranjero? ¿Debemos permanecer en silencio cuando cada vez hay más adventistas que no tienen inconveniente en ofrecerse voluntarios para un ejército que les enseña a matar sin conciencia? ¿Debemos permanecer en silencio?

Mientras consideras tu respuesta a estas preguntas, recuerda siempre que a un árbol se lo conoce por sus frutos.

Keith Augustus Burton es el Coordinador del Centro para las Relaciones entre Adventistas y Musulmanes en la Universidad de Oakwood. También colabora en la obra The Peace Making Remnant (El remanente pacificador), publicado por Adventist Peace Fellowship.