miércoles, 14 de marzo de 2012

Son jefes, no líderes

Tomado de En las Catacumbas (http://catacumbas10.wordpress.com/)http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/

Tomo del blog
En las Catacumbas este interesante post, que entiendo nos invita a meditar a todos pues, como señalaba Michael Pearson en un texto que recogimos en su día, cada uno de nosotros normalmente ejerce algún tipo de poder sobre los demás, aunque sea mínimo. En tales circunstancias, ¿nuestra actuación se aproxima más a la del jefe o a la del líder?

Hace unos años que en nuestro medio se trata con frecuencia el asunto del liderazgo en relación con los distintos ministerios ejercidos en la iglesia (incluso se imparten cursos sobre el tema); pero, hasta donde conozco la cuestión, normalmente se hace sin llegar analizar en profundidad lo que ser líder implica (y, sobre todo, lo que
no implica) desde el punto de vista bíblico. He aquí una breve reflexión que puede ser útil para tal fin. Jonás Berea



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El líder nace. El jefe es nombrado o llega a serlo trepando.

El jefe pretende imponer su autoridad, ignorando que ésta no se impone sino que emana de quien la tiene. Reclama confianza, siendo que ésta es algo que hay que ganarse mediante una praxis coherente con el discurso.



El jefe tiene el carisma que brota del temor que infunde. El líder en cambio atrae aun sin pretenderlo. Donde aquel restringe la vida, éste la amplía y libera.

El líder sirve, el jefe manda. Este nos mira desde arriba, aquel de igual a igual. El líder empatiza y sintoniza con sus colaboradores, el jefe manipula a sus subordinados.

El líder invita, el jefe intimida. El líder sugiere un punto de partida, el jefe impone un punto de llegada. El primero ilumina cada tramo del camino, el segundo esconde muchas claves con tal de llevarnos a donde quiere. Donde éste presiona aquél persuade.

El jefe quiere un ejército de esbirros, el líder un equipo del que formar parte. El segundo enseña, el primero exige. El jefe se afirma gracias a la violencia, el líder gracias a su capacidad para motivar.

El jefe habla, no escucha, pues no espera del subordinado otra cosa que obediencia, entendida como cumplimiento de la voluntad del jefe. Mientras que el líder está abierto a amar, el jefe apenas se deja querer.

Cuando el líder habla los demás escuchan con interés. Cuando calla, le piden su opinión. Cuando el jefe habla los demás escuchan con aprensión. Cuando calla, lo miran de reojo preguntándose qué estará pensando.

El Líder por excelencia dijo que venía a servirnos (Mateo 20:28). ¿No fue por eso que se ganó nuestra voluntaria adhesión? Pero estos jefes, que no líderes, sólo esperan silencioso y forzoso acatamiento.

Al Líder por excelencia, justo es decirlo, lo mataron los jefes.
La responsabilidad de un jefe es grande. Es de esperar que no sólo se le pedirán cuentas por sus propios talentos (Mateo 25:14-30), sino también por los de sus subordinados, recursos en sus manos que puede aprovechar o desperdiciar. Aunque ya subordinándolos tiende a lo segundo… Coartando sus libertades, los limita y desmotiva. Pero eso es impedir que puedan desarrollar todo lo que tienen dentro y servir tanto como podrían.

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